Ah, cómo me habría gustado atesorar más recuerdos a su lado. Y desde ese día odio los aeropuertos. Y el cielo con nubarrones y el sonido de un corazón perfectamente sincronizado con la respiración; me recuerdan a un adiós que pensé pasajero y por más que pasasen los años no volvía.
Y es que cuando las personas se van es para no volver, soy yo la rara que todavía espera, para no caerse en pedazos, una espera que no se detendrá.
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